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jueves, 24 de noviembre de 2016

UN DOLOR QUE NO PRESCRIBE

Quiero empezar agradeciendo. Gracias Pedro Salinas, Paola Ugaz y gracias a todos los que buscan siempre la verdad.

Me detengo justo antes de leer los testimonios, con conciencia de lo que viene y tan solo deseo que al terminar no exista en mí ningún rastro de odio. El mundo no lo necesita.
Me planteo muchas preguntas cuando trato de comprender qué pasa por la mente de las personas al momento de cometer atrocidades contra otros. Me gustaría saber cómo es que existen quienes pueden dormir con tranquilidad después de humillar al otro.

Existe en nuestro país, probablemente a unas pocas cuadras de tu casa o de la de algún amigo, una organización vertical que 'en nombre de Dios' comete delitos que van desde el maltrato psicológico hasta el ultraje sexual. Alrededor del mundo se establecen distintas casas, colegios y parroquias que albergan a jóvenes que poco a poco van abandonando a sus familias, amistades, anhelos y aspiraciones; jóvenes que viven un infierno con la idea de llegar al cielo. El Sodalicio de Vida Cristiana, la organización religiosa que hoy carga con innumerables denuncias y escándalos, posee un poder social, político y económico que asusta.

Pedro Salinas en su libro "Mitad monjes, mitad soldados" describe la historia del Sodalicio y recoge testimonios de ex miembros que sufrieron abusos por parte de las cabezas de la organización. Como periodista y ex sodálite, el trabajo que Salinas realiza en esta obra es ensordecedor. Es inevitable sentir decepción al final del libro, es incómodo y frustrante saber que allí nada es ficción, que las denuncias existen, que no todas las víctimas han levantado su voz y que aún muchos casos se están dando. Los abusos deben denunciarse, los implicados deben ir a la cárcel, los delitos cometidos contra una sociedad que se lanza a las garras de una doctrina que los traiciona deben ser sancionados y no prescritos. El sufrimiento de las víctimas no tiene fecha de vencimiento.

Por años se han encubierto las faltas cometidas dentro de los centros religiosos, se ha acusado de traidores y mentirosos a quienes tuvieron el valor de denunciar las faltas, a las víctimas se les ha exigido pruebas y a los victimarios se les dio compasión. No hablamos de un caso aislado, el Sodalicio no es la única organización que arrastra maltrato y pederastía. ¿Cuánto más delitos en nombre de Dios estamos dispuestos a soportar? ¿Cuántos otros jóvenes y niños tendrán que vivir en el horror? No pido deshacernos de la idea de un Dios misericordioso, no quiero que se juzgue a todo el que confiese ser creyente o religioso; tan solo pido pido justicia. No podemos creer en una sociedad moderna si aún no nos decidimos a eliminar la idea de incorruptibilidad eclesial.

Crónica por: Alma Rodriguez

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